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miércoles, 13 de noviembre de 2024

 


TERRA IGNOTA EDICIONES

Entrevista a José María Sanchez-Bustos

Próximamente saldrá a la venta la primera edición de mi novela Gladius Iusticie, editada por Terra Ignota Ediciones, y que presentaré el próximo 4 de diciembre en la Casa de las Conchas de Salamanca. Se trata de una semblanza del rey don Alfonso IX de León, cuya portada y sinopsis argumental os muestro a continuación:


A lo largo de su vida, Diego Froilaz será testigo de muchos acontecimientos trascendentes protagonizados por su íntimo amigo y rey don Alfonso IX de León, desde los comienzos de su dilatado reinado hasta su muerte.
Con frecuencia acometerá al servicio de su rey arriesgadas misiones, siendo protagonista de sorprendentes y conflictivas aventuras. En ellas, conocerá el sabor de la sangre ajena derramada y el arrepentimiento, el amor y el despecho, la lealtad y la traición, la admiración y el desprecio, la alegría y la amargura, el gozo y el sufrimiento, provocándole unos sentimientos y emociones que querrá mostrar narrando sus recuerdos, que serán completados por los de la reina doña Berenguela de Castilla, segunda esposa de don Alfonso, mujer a la que posiblemente él más amó, pero también, al mismo tiempo, más detestó.
Ambos narradores nos descubren la personalidad de un Alfonso IX mucho más humano y cordial que el frío personaje histórico del que nos hablan las viejas crónicas, y nos lo muestran, armado con un corazón valiente, haciéndole frente a sus muchos antagonistas y conflictos.

Y transcribo mis respuestas a las cuestiones que me plantearon desde la editorial:

1.- José María, cuéntanos un poco sobre tus inicios como escritor. ¿Qué te llevó a empezar a escribir hace diez años?

Aunque hasta hace diez años, poco más o menos, no me lo tomé en serio, la verdad es que desde niño me atrajo la idea de escribir y buscaba refugio en la lectura. Y al terminar mis estudios secundarios me planteé dedicarme a las letras, pero un pragmatismo, quizá absurdo y cobarde, me llevó por otros derroteros al decidirme por la carrera universitaria de Ciencias Económicas y Empresariales. Sin embargo, siempre que mi profesión de economista de empresa me lo permitió seguí leyendo y leyendo todo lo que se ponía a tiro. Y fue, cuando le empecé a ver el rabo a la jubilación, que la fluida prosa de Gabriel García Márquez me inoculó el elíxir que despertó mi vocación de escritor dormida. Así que, siendo consciente de que nadie nace enseñado, seguí primero cursos de escritura en Escuela de Escritores y más tarde me apunté a los acompañamientos de Isabel Cañelles. Así, pronto adquirí oficio y pude hacer mis primeros pinitos publicando dos relatos en la revista literaria digital “Cuentos para el andén” y algunos más en antologías editadas por RELEE.

2.- "Gladius Iusticie" surge de una extensa investigación. ¿Cómo fue el proceso de reunir información y documentación histórica para esta novela? ¿Qué fuentes te sorprendieron o aportaron más a la historia?

El proceso fue arduo, pero apasionante. No desprecié información alguna a mi alcance sobre el reinado de Alfonso IX y su época. Desde artículos periodísticos, pasajes de la Biblia y el Corán, estudios y ensayos hasta algunas novelas como “La maldición de la reina Leonor” y “La reina sin reino”, de Peridis, que me sorprendieron muy negativamente al tachar al personaje que iba a ser el héroe de mi narración, y que aparece en ambas novelas como secundario, de violento, borracho y lascivo, así que tenía que abogar por él y mostrar una imagen bien distinta, mucho más noble y humana. Espero haberlo conseguido. Por otro lado, de ambas novelas surgen dos personajes maravillosos y fascinantes que incorporé a mi narración dándoles papeles muy relevantes: Leonor Plantagenet, consorte del rey Alfonso VIII de Castilla , y su hija, Berenguela de Castilla, segunda esposa del rey Alfonso IX , quién luego, aunque por un corto tiempo, fue reina de Castilla. Y en lo referente a la psicología de los personajes, el ambiente social y religioso, así como sobre la tecnología y tácticas bélicas encontré una fuente inagotable de información en tres libros: “La batalla de Alarcos 1195”, de Manuel Jesús Ruiz Moreno, “Las Navas de Tolosa 1212”, de Martín Alvira Cabrer, y “Las Navas de Tolosa”, de Carlos Vara. Excelentes y muy valiosos los tres, reveladores de lo que vieron, oyeron, contaron o silenciaron, tanto cristianos como musulmanes, todos los que estuvieron involucrados en aquellos grandiosos episodios bélicos, así como de la liturgia de las batallas y las razones que condujeron a ellas.      

3.- La novela sigue a Diego Froilaz en sus misiones al servicio de Alfonso IX de León. ¿Qué te atrajo de este período histórico y de estos personajes en particular?

Cualquiera que se acerque hoy a su conocimiento, la “Baja Edad Media” (siglos XII al XV), encontrará una realidad luminosa, brillante y llena de colorido, muy alejada de la idea tenebrosa que a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX se tuvo de ella. Y encontrará en ella un proceso sorprendente, incluso apasionante, en el que se producen cambios políticos y sociales muy profundos, muy especialmente en lo que hoy es España, entonces una tierra de frontera entre la Cristiandad y el mundo musulmán. Y, en cuanto a los personajes, se sabe que Diego Froilaz fue, desde su primera juventud, alguien muy cercano a Alfonso IX y que, tras la muerte de este a los 59 años, defendió la voluntad de su rey y amigo, frente a las pretensiones de la reina Berenguela y su hijo, el rey Fernando III de Castilla,  de arrebatarles a las infantas Sancha y Dulce el derecho a reinar en los reinos de su padre, Alfonso IX, como él había dejado escrito en su testamento. Estas dos realidades históricas hicieron que, en la ficción, yo me decantase porque fuese su personaje el que prestase la voz que narrase la novela. Y ¿qué decir de Alfonso IX, si de él hay tanto dicho? En el preámbulo está escrito:  “Él siempre luchó para acrecentar el reino más allá de sus confines, procurándoles una vida mejor a sus vasallos, una vida más justa, amparada en la fuerza de las leyes que él promulgó; siempre escuchó y atendió las quejas y anhelos de su pueblo y, además, sacó a la luz el saber y el conocimiento, hasta entonces encerrados en los claustros de la Iglesia; también asiló y les dio auxilio a todos los peregrinos del orbe que hoyaban los caminos hacia Compostela. ¡Había tanto que hacer! Sí, la tarea era ingente. Y, cuando comenzó su reinado, solo tenía diecisiete años”. En este texto se esconden sus dos grandes logros: la creación de las Cortes Generales del Reino y del Estudio Salmantino, germen de la Universidad de Salamanca.   

4.- ¿Cómo lograste equilibrar la realidad histórica con la ficción en la novela? ¿Dónde decidiste darles a los personajes históricos un enfoque más personal o humano?

Los textos históricos de la época, en general, son fríos, impersonales y carentes de detalles, nada tienen que ver con la narrativa que podemos disfrutar en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Además, suelen limitarse a relatar hechos en muchas ocasiones desnudos de antecedentes y concatenación en una trama. Por esto, después de analizar detenidamente, toda la documentación reunida, tuve muy clara la idea de que lo que tenía que hacer era vestir la desnudez de la realidad histórica con las ricas vestiduras, confeccionadas en el taller de la ficción. Pero en todo momento he procurado ser fiel a los hechos históricos, si bien me he permitido algunas licencias exigidas por la propia naturaleza literaria de la obra, introduciendo hechos y personajes de los que no hay constancia escrita, aunque pudieron ser ciertos o haber existido.     

5.- Alfonso IX y Berenguela de Castilla parecen tener una relación intensa y contradictoria en tu relato. ¿Cómo abordaste su vínculo en la novela y qué desafíos tuviste al explorar esta complejidad emocional?

Buena pregunta. No es nada fácil, narrar una relación de amor-rencor, cuando estos sentimientos encontrados son tan intensos. Creo que intentarlo siempre es un reto y, en esta ocasión, para mí lo ha sido de máximo nivel. Confieso que en algún momento me sentí perdido, hasta Diego Froilaz, que había puesto su voz a mi servicio, me abandonó. Había sido muy eficaz hasta entonces, pero él no podía entrar en la alcoba matrimonial de Alfonso y Berenguela y. mucho menos, en la mente de Berenguela y percibir sus sentimientos y emociones. Por esto tuve que quitarle la voz a Diego. Y quién mejor que la propia Berenguela para reemplazarlo. Sin embargo, ese cambio de narrador podría resultarle chocante al lector, así que, después de darle muchas vueltas, encontré una solución integradora en Fray Lucas de Tuy.    

6.- En tu biografía mencionas que la idea de la novela "te eligió a ti". ¿Podrías contarnos cómo fue ese momento de inspiración? ¿Qué te hizo sentir que esta historia necesitaba ser contada?

El viejo Reino de León, reconocido como Región Leonesa en la organización territorial de 1833 de Javier de Burgos, mantuvo vigentes sus fueros e instituciones hasta entonces, y estaba integrado por las actuales provincias de León, Zamora y Salamanca, hasta que en 1983 estas fueron integradas en la recién creada “Comunidad Autónoma de Castilla y León”, una Comunidad que algunos definen como “birregional”, señalando a la conjunción copulativa “y” que une a Castilla con León, y aseguran que está marcada por tres anomalías: su estatuto nunca ha sido, hasta ahora, ratificado por la ciudadanía, no tiene himno y no tiene establecida una capital oficial, aunque de facto sí: Valladolid. Desde dónde se practica un centralismo que en opinión de muchos puede estar causando la depresión de territorios marginales como hoy lo son los de la Región Leonesa. Depresión innegable, provocada, en mi opinión, por múltiples causas. Esta realidad me empujó a profundizar en la cuestión y, así, sin darme cuenta, me encontré, cara a cara, con el comienzo del fin del viejo Reino de León, que, tras la desaparición de su último rey privativo, don Alfonso IX, quedó atado a la Corona de Castilla, organización política hegemónica en la Hispania del siglo XII.         

7.- Has trabajado como profesor de escritura y narrativa. ¿Cómo ha influido esta experiencia en tu propio proceso de escritura, especialmente en Gladius Iusticie?

Mi actividad docente fue, para mí, muy enriquecedora y satisfactoria. Me dio la oportunidad de poner en práctica todos los conocimientos adquiridos, contrastándolos y viéndolos reflejados en los progresos de mis alumnas, a las que desde aquí les doy las gracias por su interés y dedicación. Sin querer ser pretencioso y salvando las distancias, creo que superar los cursos y acompañamientos de escritura y narrativa fue como lograr una licenciatura, y que trabajar como profesor de escritura y narrativa me proporcionó el doctorado. Impartí mis clases a un grupo muy reducido de alumnas, casi siempre las mismas. No lo hacía por necesidad y, cuando ellas ya no me necesitaron no quise continuar para dedicar todo mi tiempo disponible a rematar Gladius Iusticie.  

8.- Diego Froilaz vive un abanico de experiencias: amor, traición, arrepentimiento... ¿Cuál fue el aspecto emocional de su viaje que más disfrutaste escribir y por qué?

Sin dudarlo, pienso que ha sido, el amor, concretado en su enamoramiento de la novicia Sor Ángela, su primer amor, y luego en su profunda relación sentimental con Samira, una esclava africana, al servicio de Pedro Fernández de Castro,  que él conoce en Sevilla y por la que sintió una fuerte atracción carnal, y a la que algunos años después volverá a encontrar en Córdoba, en la casa del sabio Averroes, a donde él fue para cumplir una misión. Misión que los llevará a Lucena, donde ambos se entregarán al amor que se profesan. Una historia hermosa, que termina tristemente cuando él regresa de la batalla de las Navas de Tolosa a su castillo y se encuentra con que ella ha muerto. Samira es un personaje de leyenda, pura ficción, por lo que al narrar su historia lo pude hacer en completa libertad. Además, la mayor parte de la historia que une a Diego con Samira se desarrolla en al-Ándalus (Sevilla, Córdoba y Lucena) por lo que pude explayarme mostrando esas ciudades , sus paisajes y sus gentes.         

9.- A lo largo de la novela, destacas la humanidad de Alfonso IX, más allá del personaje histórico. ¿Qué aspectos de su carácter crees que podrían resonar más hoy en día en los lectores?

El personaje que he tratado de mostrar es noble y generoso, valeroso e incluso intrépido, amigo de sus amigos, tiene un gran sentido de la justicia y el deber, exigente consigo mismo, aunque también con sus vasallos. Y, aunque algunas veces puede pecar de irascible, pronto encuentra el sosiego y resuelve la tensión reflexionando. Es capaz de perdonar. También es ambicioso, pero para nada codicioso. Y sobre todo es fuerte, aunque también vulnerable.

10.- Finalmente, ¿qué mensaje o reflexión esperas que los lectores se lleven de Gladius Iusticie? ¿Qué esperas que experimenten a través de la aventura de Diego y Alfonso?

Ante todo, deseo que disfruten de la lectura, que la encuentren amena y sugerente. Es todo lo que quiero. Cada lector es un mundo, único e irrepetible, por lo que espero que cada uno encuentre entre las páginas del libro lo que quería encontrar al abrirlo. Con esto me conformo. 


miércoles, 23 de octubre de 2024


En estos últimos meses, además de disfrutar de un verano largo y caluroso, pulir y poner a punto esta novela, cuya portada encabeza esta publicación, ha acaparado buena parte de mi tiempo. Ahora, aunque todavía estará camino de la imprenta, creo que ha llegado el momento de darla a conocer, de anunciaros que pronto verá la luz.
    Aunque su gestación comenzó como una novela histórica, el proyecto fue enriqueciéndose, adquiriendo rasgos propios de la narrativa de aventuras, e impregnándose en lo fantástico, en lo exotérico, en lo mágico y en lo profundamente religioso, sin faltar el erotismo y llegando también a incorporar elementos de la novela negra. El resultado es la narración de una historia, enmarcada en la España de las postrimerías del siglo XII y el primer tercio del XIII, en la que los personajes se debaten en continuos conflictos, embargados por emociones y sentimientos encontrados, debatiéndose entre el amor y el rencor, la lealtad y la traición, la alegría y la tristeza, la esperanza y la desazón, la risa y el llanto... Y abren así sus entrañas y muestran su humanidad enredados en una trama intrigante.
    La narración se desarrolla en torno a la figura del último rey privativo del Reino de León, don Alfonso IX. Y trata de ser fiel a los acontecimientos históricos, aunque con las licencias precisas que requiere la ficción, ya que no es una biografía, ni un ensayo, sino una novela, nada más y nada menos.
    Pero Gladius  Iusticie no es solo una novela de reyes y nobles caballeros, en sus páginas podréis encontrar extraordinarios personajes femeninos, mujeres de espíritu libre, que tratan, casi siempre con éxito, ahormar su destino sometiéndolo a su voluntad. Entre ellas, merecen especial mención el de doña Leonor Plantagenet, esposa del rey de Castilla Alfonso VIII, y el de su hija la reina doña Berenguela de Castilla, además de consorte del rey don Alfonso IX de León.  "Los fuertes de mente y corazón tienen el destino en sus manos" es el lema de doña Leonor que hará propio su hija Berenguela. 
    Como anticipo de lo que encontraréis en sus páginas, a continuación transcribo el preámbulo que encontraréis al comienzo del libro:

Preámbulo

Que la vida pasa en un suspiro es algo que sabemos muy bien los viejos. Por muy larga que haya sido siempre es así. Y transcurre más veloz cuanto más intensa e interesante sea, al menos en lo que a mí respecta, que viví muy de cerca los acontecimientos más transcendentes ocurridos en el reino durante cuarenta y dos años, los que reinó con entendimiento y cordura, pero también con pasión y fe en su sagrado destino, mi rey y señor don Alfonso IX de León, quien siempre se esforzó en ser justo y defendió a los oprimidos. Durante todos esos años yo lo seguí allí donde él fuese, cada vez que él me lo pidió, siempre a su servicio, prestándole consejo, cuando él lo requería, así como mi brazo y mi espada. ¡Mi vida, si hubiese sido preciso, por él la habría dado! Él siempre luchó para acrecentar el reino más allá de sus confines, procurándoles una vida mejor a sus vasallos, una vida más justa, amparada en la fuerza de las leyes que él promulgó; siempre escuchó y atendió las quejas y anhelos de su pueblo y, además, sacó a la luz el saber y el conocimiento, hasta entonces encerrados en los claustros de la Iglesia; también asiló y les dio auxilio a todos los peregrinos del orbe que hoyaban los caminos hacia Compostela. ¡Había tanto que hacer! Sí, la tarea era ingente. Y, cuando comenzó su reinado, solo tenía diecisiete años. Los mismos que yo. Pero eso no fue un obstáculo, al contrario, ya que su juventud, su inocencia y corazón valiente fueron sus mejores armas para enfrentarse a los muchos contratiempos y enemigos, que se obstinaban en torcer su sagrado destino. Don Alfonso fue, entre todos los reyes, el más amado por su pueblo y, entre todos los hombres, el  más noble y querido por las mujeres. Pero su corazón valiente, después de tanto y tanto bregar, se cansó de latir… ¡y quedaba tanto por hacer! Entonces no solo perdí a mi rey, también perdí a un amigo, el mejor; y más tarde la esperanza de que su reino lo sobreviviese como reino independiente. Por eso ahora, después de tantos años, al amor de la lumbre, rodeado por algunos de mis hijos y mis nietos en mi castillo de Cifonte, me propongo dictar mis recuerdos, ya que no podría escribirlos, la vista cansada y la falta de pulso no me lo permiten.

            De muchos de los hechos que voy a narrar fui testigo, a veces protagonista, y de otros tuve noticia por boca de personas de mi confianza que los vivieron.   Rememorar las muchas hazañas y aventuras que viví junto a don Alfonso será como volver a vivirlas de nuevo, lástima que no podré torcer los renglones de la historia, igual que él no pudo hacerlo, aunque lo intentó con todas sus fuerzas, pero espero, al menos, conseguir que quienes lean estos textos conozcan la verdad. La verdad histórica de un reino, el de León, que sucumbió ante el de Castilla, pero no por ello perdió su esencia. Un reino habitado por pueblos nobles, que tienen grabada en el alma de sus gentes el amor por sus costumbres, por sus fueros, por sus lenguas y por sus sagradas tierras, bendecidas por Dios, aunque cansadas y exhaustas por haber dado, generosas, tantos y tantos frutos y lo mejor de sus entrañas.

             Diego Froilaz de Cifonte


          

martes, 11 de junio de 2024

 

Cubiertas de Convergentes, antología  de relatos editada por Escribir y meditar. En ella, si os apetece, podréis leer mi último relato que trata el tema de los despoblados (mal llamados vaciados) y también los de mis compañeros en el acompañamiento guiado por Isabel Cañelles Soñar para despertar, así como los de algunos participantes en otros acompañamientos de Isabel, que será presentado  en la tarde del próximo día 28 de junio en el Café María PandoraPlaza Gabriel Miró 1, Madrid. Si os animáis, allí podréis adquirir vuestro ejemplar, en el que encontraréis un puñado de buena literatura.    

miércoles, 15 de mayo de 2024

 


Que uno de mis relatos fuese incluido en esta antología, Error 404, fue una gratificante experiencia de la que, después de seis años y medio, aún me siento orgulloso y puedo asegurar que, a pesar de la vertiginosa velocidad con que hoy está cambiando todo, el libro no ha perdido vigencia, os lo aseguro. Por esto os invito a leer mi relato, transcrito a continuación, y, si lo deseáis, a visitar la tienda de RELEE, donde podréis adquirir el libro:

 Error 404. Antología de relatos sobre la perplejidad tecnológica, de VV.AA. - QRelee - Red Libre - Escritura y Edición


El ser humano, a pesar de todo, sigue siendo aquel mamífero que necesitaba acurrucarse en su nido cada noche, arropado por el calor de la familia.

 

Barkamena, Amaia, barka ezazu!

¡Perdón, Amaia, perdóname!

           

Jon apura su gin-tonic. Ha cenado una ensalada de lubina y mango sazonada con chile, nada más. Está solo, sentado en la terraza del restaurante de su hotel en Bangkok, disfrutando de una selección de música instrumental, suave y cadenciosa, mientras que una tibia brisa lo acaricia y envuelve. El cielo, tras el ocaso, se resiste a perder su luz, que se apaga muy lentamente. Huele a jazmín.

—¡Ah, Tailandia, cómo despiertas los sentidos! —exclama Jon a media voz.

 «¡Lástima no tener a nadie con quien compartir el momento! ¡Cómo te extraño, Amaia!», Jon suspira. Mira con insistencia su reloj digital atado a su muñeca izquierda. «En Madrid serán las dos p.m. —calcula—. Amaia estará todavía en el trabajo. Hasta las tres y media no saldrá. Luego irá a recoger a Iker y a Gorka al colegio». Jon manipula su móvil y despliega la última foto que su esposa le envió por WeChat. La mira embelesado. «Cada día están más grandes, son dos chicos estupendos —piensa—. Hasta dentro de dos horas no podré hacer mi videollamada de cada día. La llamaré de todos modos, no me aguanto hasta las diez». Jon escucha la señal con el móvil pegado a la oreja. «Un, dos, tres». Y sigue contando hasta que la señal cesa y oye la locución que lo invita a grabar un mensaje.

—Espero tu llamada, necesito hablar contigo —dice Jon desconsolado y cuelga—. ¡¿Por qué no me contesta?! ¡Me cago en mi puta vida! —exclama en un susurro—. Me cago en la globalización y los vuelos low cost que echaron a pique a mi antigua compañía.

«Tengo que serenarme». Le hace una señal a la camarera y pide una segunda copa. Al cabo de unos minutos la camarera le trae su encargo. Le sirve. Y Jon se queda, si cabe, más solo todavía. Juguetea con el móvil. «Si no fuese por este cachivache, Amaia, la soledad y la distancia se me harían insoportables, sobre todo durante esos momentos oscuros provocados por la diferencia horaria. Cuando despierto, tú duermes, pero lejos, muy lejos, en otra cama. Nuestra cama. Entonces siento que tu ausencia me llena el corazón de pena, una pena cruel que me corroe las entrañas. Saber que en tan solo unas horas podré hablar contigo, e incluso ver tu imagen, mitiga esa pena, tan atroz, pero no la conjura». Bebe despacio, queriendo llenar su tiempo. «¿Qué hago aquí? Será mejor irse a la piltra cuanto antes y esperar allí la llamada de Amaia».   

            En una mesa cercana, una pareja ha pedido su comanda. Ella, de mediana edad, y él aparenta ser mucho mayor. Ambos manipulan sus iPhone, probablemente enfrascados en algún estúpido videojuego. «Esa rubia es preciosa», piensa Jon. Bajo la blusa se le adivinan unos senos maravillosos. «Hay que joderse, Dios le da mocos a quien no tiene pañuelo». Jon coge el móvil y con disimulo les hace una foto. No ha quedado satisfecho. Espera. La mujer levanta el rostro y Jon aprovecha el instante para atrapar su imagen. Despliega la foto en la pantalla, la mira, la agranda y se entretiene en estudiar las facciones. «¡Marilyn Monroe! Es igualita que Marilyn». Luego deja el móvil sobre la mesa. Se estira y mira al cielo. Entonces siente la tentación de llamar a Wela Wang. «¡Qué chica!, cada vez que la tengo cerca noto un subidón». Aquella misma tarde estuvo hablando con ella. Fue en una cafetería del aeropuerto. El resto de su tripulación había desaparecido tragada por una barahúnda de viajeros y equipajes.      

—¿Qué te pasa, Wela? Te veo triste, alicaída.

—¡Oh!, no, no es nada.

—¿Entonces?

—Mañana cumplo veintiséis años, y eso es algo terrible para una chica china y soltera como yo.

—¿Terrible? No será para tanto. Al contrario, deberías celebrarlo. Yo tengo cuarenta y dos y me parece que mi vida está empezando —concluye Jon, haciendo un guiño.

Wela parece ausente, la mirada perdida. Jon toma su mano y siente cómo se le escapa entre las suyas. Ella está tensa. Él se siente confuso. «No debí tocarla, eso no está bien». Pero esa piel tan blanca y esos labios entreabiertos me atraen como a la mosca la miel».

—Lo siento, Wela —se disculpa Jon.

—No es nada, comandante. Me has sorprendido, eso es todo.

—Está bien, pero dime: ¿qué tiene de terrible cumplir veintiséis años?

—Verás, hoy he recibido un e-mail de la Federación de Mujeres recordándome que, si no me caso, pronto seré una sheng-nu, una mujer sobrante. Eso en China es algo horrible. No te puedes hacer una idea del control que el Gobierno tiene sobre nuestras vidas.

—Pero eso no puede ser tan horrible, Wela.

—Además tengo que soportar las presiones de mi familia. Sus miradas despectivas y sus comentarios mordaces: «¿No te casas, Wela?, mira que ya vas teniendo una edad». Y mis padres dicen que hay que arreglar el problema. Quieren llevarme a People Square y colgar allí mi foto. Piensan que así podrán concertar un buen matrimonio para mí, pero yo no quiero. No sé hasta cuándo podré resistir.

—¿Y si te niegas? No deberías tolerar que te exhiban como una mercancía.

            —A mis padres les debo obediencia, pero no soporto la idea de casarme con un hombre al que no ame. Como mi amiga Leta, que llora viendo las ropas de su marido colgadas en el tendal delante de su ventana.

            Wela llora amargamente. Jon, por un momento, no sabe qué decirle.

            —No llores, Wela. No lo tienes todo perdido. Quizá te enamores de un muchacho que te quiera —le dice Jon, tendiéndole un pequeño paquete de pañuelos de papel tisú.

            —Sí, pero dónde encontrarlo. El trabajo no me deja mucho tiempo libre. Y mis amigas ya se casaron, no tengo con quién salir —replica hipando Wela.

            —Podrías mirar en Internet, ¿no? En Occidente muchas parejas se han conocido así.

            —En Occidente puede, pero en China, tú lo sabes, Internet funciona fatal. Dicen que por la censura del Gobierno. Yo lo único que quiero es que me dejen elegir mi propia vida, ser yo misma, ¿entiendes?

            Jon sigue sentado en la terraza del restaurante. Sobre la mesa descansa su móvil. Lo toma entre sus manos y abre la agenda de direcciones. «Wela Wang. Ahí está». Solo tiene que presionar sobre su nombre y podrá escuchar su dulce voz. «¿Por qué no le he hablado de ella a Gao Cheng? —se pregunta Jon—. Los dos tienen el mismo problema, pero la otra tarde tampoco le hablé de él a Wela. ¡Ah! Wela!, me gusta tanto tu olor a té». Jon está a punto de llamarla, pero no se decide y se sorprende al ver cómo su índice tiembla levemente. Desiste. Guarda el móvil. Tiene ganas de fumar. Se levanta y se dirige a la zona de fumadores situada en un extremo de la terraza.

            La mujer rubia se levanta y también camina hacia la zona de fumadores, emulando el contoneo de la mismísima Marilyn. Jon la sigue con la vista en su recorrido. Ella se detiene a tan solo dos pasos de él, se apoya en la balaustrada sobre su brazo izquierdo, mientras que con su mano derecha sostiene un cigarrillo.          

   —¿Sería tan amable de darme fuego, caballero? —pregunta la rubia con voz melosa y ademán seductor.

 Jon, sin decir palabra, prende una cerilla y, protegiéndola de la brisa en el cuenco de sus manos, la acerca al cigarrillo, que la mujer sujeta entre sus labios rojos. Ella da una intensa calada, y sin ningún pudor exhala el humo sobre el rostro de Jon. Este sopla apagando la cerilla, luego saca un cigarrillo y lo prende con otro mixto.

—Qué interesante. Un hombre tradicional, al menos en la forma de encender los cigarrillos, ¿no le parece? —dice la mujer sonriendo.

—Cosas de la profesión. En las aeronaves están prohibidos los encendedores, y los fósforos por ahora cuelan.

Ella lo mira con detenimiento.

—¿Es su marido? —pregunta Jon, señalando con un golpe de barbilla al hombre que continúa ocupado en manipular su iPhone.

—Sí.

—No hablan mucho, ¿verdad?

—No, más bien nada. ¿Quedé bien en la foto?

—¡Vaya!, se dio cuenta. ¿No la habré molestado? ¿Le gustaría verla?

—¿Por qué no? ¡Vamos! Estoy deseándolo.

—Aquí la tiene. Ha quedado estupenda.

Ella mira la pantalla y sonríe con autocomplacencia.

—¿Quiere enviármela por WhatsApp?

Jon inicia el nuevo registro en su agenda de direcciones.

—¿Su nombre?

 —Llámame Alyn. ¿Sabes? Hoy he cruzado más palabras contigo que con mi marido en todo un mes. Aunque todavía no me hayas dicho tu nombre.

 Ella se le acerca aún más. Y Jon nota trepar la mano de ella, desde su antebrazo hasta alcanzar la insignia que él luce abrochada a la solapa.

—Jon. Mi nombre es Jon —contesta él titubeante.

—Encantada, Jon —dice ella y se le aproxima un poco más—. Me encantan los hombres como tú.

«Qué bien huele esta mujer». Le agrada su cercanía y le despierta el deseo. Ella se aparta. Jon se siente algo contrariado, pero también siente cierto alivio. «¡Uf!, si la cosa hubiese continuado, ese tío podría habernos visto». Jon le ha enviado la foto a Alyn. Ambos agotan sus cigarrillos y tiran las tobas sobre la arena de un inmenso cenicero colectivo.

—¿Puedo invitarte a una copa? —pregunta Alyn.

—De acuerdo —contesta Jon—. Quizá podamos tener alguna conversación interesante.

Ambos se dirigen a la mesa, en la que el marido de Alyn se afana en teclear su iPhone con los pulgares.

 —Mira, Andrew, este es Jon, un viejo amigo —le dice Alyn a su marido.

—¡Hola!, pero sentaos, no os quedéis ahí de pie —dice Andrew, casi sin mirarlos, sin dejar su ocupación, al parecer inaplazable.

Alyn y Jon se sientan. Andrew sigue con su quehacer.

—¡Andrew! Tenemos un invitado. No seas tan descortés.

—¡Oh! Perdona, querida.

—Por mí no se preocupe, Andrew, continúe —concede Jon.

—¡Oh! No, por Dios —contesta Andrew, dejando su iPhone sobre la mesa—. Estaba a punto de alcanzar el nivel superior, ¿sabes? Solo unos pocos lo consiguieron hasta ahora.

—Y eso debe de ser algo muy importante para usted, ¿no es así? —tira de carrete Jon.

—Bueno. Es solo un entretenimiento. No vayas a pensar…

—Sin embargo, lo he observado y la mayor parte del tiempo ha estado usted ocupado con su juego —le hace ver Jon.

Andrew lo mira molesto, casi airado.

—Pidamos unas copas —media Alyn.

—Estupendo, ojalá sirvan para refrescar la conversación —jalea Jon la propuesta de Alyn.

Jon le hace una seña a la camarera, que se acerca solícita.

—Un gin-tonic para mí —pide Alyn—. ¿Lo mismo para ti, Jon? Y tú, querido, ¿qué quieres?

—Un ginger ale con hielo estará bien —señala Andrew con desgana.

«Me estoy pasando de la raya. Tres copas son demasiado. Pero qué le vamos a hacer», piensa Jon.

—Así que os conocéis desde hace mucho tiempo, ¿eh? —pregunta Andrew echándole a Jon una mirada inquisitiva.

—Cierto, sí… somos viejos amigos —dice Jon rescatando de su ágil memoria a corto plazo las palabras de Alyn.

—Nunca me habló de ti. ¿Cómo os conocisteis? —pregunta Andrew.

«¡Vaya!, por fin este tío hace una pregunta inteligente, pero no le voy a contar a este estúpido que acabamos de ligar. Pero ¿qué contestar? No sé nada de ella, ni de su vida». Jon la mira pidiendo ayuda. Ella acude rauda al rescate.

—¡Oh! Fue hace mucho tiempo, antes de conocerte a ti, cuando yo trabajaba en Macy´s. Él buscaba unos buenos sneakers. Jon es un tipo divertido, me hizo gracia, y me presté a enseñarle Broadway. Lo pasamos bien, ¿verdad, Jon?

«Increíble el desparpajo que tiene esta tía. En mi puta vida puse mis pies en Broadway y mucho menos en Macy´s». Jon le está siguiendo el rollo, pero se pregunta qué es lo que pretenderá Alyn.

—Cuéntame de tu vida —le pide Alyn a Jon—. ¿Te casaste?, ¿tienes hijos? Me dijiste que ahora pilotas aviones.

—Sí, soy comandante de vuelo —contesta Jon, tratando de ocultar el anillo que luce en su mano diestra.

—¡Qué interesante! —exclama Andrew—. ¿Y qué ruta haces?

—Vuelo desde Shanghai a Indochina.

—Países fascinantes, ¿cierto? ¡Cómo te envidio!

—Sí, verdaderamente fascinantes, pero uno no tiene apenas tiempo para hacer turismo —contesta Jon.

 —Casualmente nosotros volaremos a Shanghai pasado mañana. Mira, este es nuestro vuelo —dice Alyn, y le muestra a Jon la reserva en la pantalla de su iPhone.

—¡Qué casualidad!, es mi vuelo, seré vuestro comandante.

La conversación prosigue. Hablan de aviones. De los últimos modelos. De los más recientes avances en aeronáutica.

—¿Sabéis? No tardando mucho sobrepasaremos los sesenta mil pies de altura, así se podrá volar a velocidades supersónicas, pero ahorrando combustible y con más confort —explica Jon.

 La conversación se anima. Andrew se muestra muy interesado por el tema, y a Alyn le encanta saber cosas sobre todos los países que Jon visita con frecuencia: Tailandia, Laos, Vietnam, Indonesia… Piden una copa más. Charlan y beben, hasta que de pronto Jon siente vibrar su móvil. Es Amaia, está llamando.

—Disculpadme, es una llamada importante.

Se levanta de la mesa y se encamina hacia la zona de fumadores en la terraza al mismo tiempo que contesta. En la pantalla aparecen los rostros de Amaia y sus dos hijos, Iker y Gorka. «Son como una piña».

—¡Hola, aita! —gritan los niños.

—Hola —saluda Amaia y sonríe.

—¿Cómo están mis leones? —pregunta Jon.

—A Iker se le ha caído un diente —grita Gorka, intentando levantarle el labio superior a su hermano, que se resiste—. Anda, enséñaselo.

—¿Cuándo vendrás, aita? —pregunta Iker.

—¿Nos compraste el dron? Nos lo prometiste, dijiste que lo traerías para nuestra comunión —dice Gorka, excitado.

—Ya lo tengo visto, no os preocupéis, que pronto lo tendréis.

—¡Viva! —gritan los niños al unísono y se apartan a un segundo plano para hacer el ganso.

—El dron que merece la pena vale una pasta, pero no puedo negarles nada, pobres —le explica Jon a Amaia.

—¿Sabes, Jontxu, cariño? Tengo una sorpresa. Mañana te contaré.

Jon quiere saber ahora qué es lo que le esconde su mujer. Él insiste.

—¡Es una sorpresa, Jontxu! —responde ella. Y siguen hablando de cosas cotidianas.

—Vete a la cama pronto, y no bebas, ¿vale? Cuídate mucho. Te quiero.

—Y yo a ti. Hasta mañana.

Jon prende un cigarrillo y le da algunas caladas, muy apresuradas. Alyn lo está mirando, y le hace señas con la mano. Parece decirle que la espere, pero Jon regresa junto a ella y Andrew. «Tengo que deshacerme de estos dos. Ella no me ha quitado ojo durante todo el tiempo que estuve hablando con Amaia, y él a lo suyo. Qué querrá la tía. No lo sé. De todas formas tengo que cortar y punto».

—Siento no poder reanudar nuestra conversación, tan interesante, pero mi deber me reclama. Volveremos a vernos pasado mañana.

—¡Qué lástima! Lo estábamos pasando tan bien… Hagámonos un selfie al menos —dice Alyn, poniéndose en pie y esgrimiendo su iPhone.

Alyn toma del brazo a Jon y juntos se colocan detrás de Andrew, que continúa sentado.

—Así, bien juntitos. Un, dos, tres. Ya está.

Alyn quiere continuar la velada, y le pide a Jon que se quede un poco más.

—Anda, no seas malo. Tomemos la última, ¿quieres? —le propone Alyn a Jon haciendo un arrumaco—. O fumemos, ¿vale?

Jon vacila. Andrew la mira con reprobación.

—Ya está bien, Alyn.

Finalmente Jon se despide y sale de la terraza con paso firme.

Jon está en su habitación cuando le entra un mensaje. Es de Alyn. Le dice que si le da su número de habitación ella en persona le llevará el desayuno por la mañana. «¿Una aventura con esa estúpida rubia? Ni hablar, por muy buena que esté. ¿Para qué? Lo que de verdad me gustaría ahora es salir con la peña y tomarnos unos vasos por Gaztambide. Lo que yo daría por un pincho de tortilla de patata con pimientos. Aunque, pensándolo bien, la ocasión es la ocasión, y a nadie le amarga un dulce. Las mujeres como Alyn follan por deporte, no buscan otra cosa. Me la imagino asidua de alguna de esas páginas de contactos en Internet, o de esas otras guarras. No me comprometería para nada. Pero no, Amaia no se merece que la engañe así, y menos con esa tipa. Apagaré el móvil y ya está». Está decidido, pero no lo hace. Al contrario, contesta al mensaje de Alyn, aunque disculpándose por no poder aceptar su amable ofrecimiento. Otra vez será, escribe, y termina insertando un emoticono que guiña y besa. «Estoy muerto de cansancio —se dice—, cuatro copas seguidas son muchas copas». Luego pone su móvil en modo avión y se duerme como un leño.

Al día siguiente, Jon no despierta hasta las nueve. El sol está alto y se filtra a través de las cortinas. Le duele la cabeza y le zumban los oídos. «¡Malditas copas!». Le hubiera gustado bajar al gimnasio y machacarse con las máquinas de fitness. «Hay que mantenerse en forma». Pero el dolor de cabeza lo está martirizando. Y los zumbidos también. «Debería volver al otorrino, desde la última vez la cosa ha ido a peor». Se toma una ración de analgésicos. Bebe agua mineral. «Unas brazadas en la piscina no estarían nada mal». Paseo. Comida. Sesión de cine y algo de cena. Algunos cigarrillos furtivos entre medias. Llamada a Amaia.

—¿Cuándo vienes, Jontxu?

—Muy pronto, cariño. Pero quiero la sorpresa, me dijiste que era para hoy.

—¡Ah! Vale, vale. Ahí va: en la delegación de la Lehendakaritza me dijeron que en la Cámara de Comercio de España en Shanghai necesitan a un intérprete de euskera. ¿Te das cuenta?

—Eso estaría genial. No sabes la alegría que me das.

—Y lo mejor de todo es que eché mi solicitud, y la han aceptado. Hoy recibí la notificación oficial. Ese empleo es para mí ¿Qué te parece? Por fin podremos estar todos juntos.

A Jon la noticia lo sobrepasa. Emocionado, solo acierta a preguntar:

—¿Por qué no me has dicho nada hasta ahora?

—Quería darte la sorpresa. Si no hubiese salido bien, te habrías disgustado.

—Pero ayer ya lo sabías, ¿no?

—Sí, pero no era oficial. Quería estar muy segura…

Jon pregunta por sus hijos.

—Hoy tienen partido. Están locos de alegría. Ya sabes cómo son.

Siguen hablando. Necesitarán una casa, un colegio para los niños y, en definitiva, planificar su nueva vida de familia expatriada.

Después de terminar la videoconferencia, Jon se da cuenta de que ha recibido tres mensajes de Alyn. Los borra sin abrirlos, sin vacilar, uno a uno. Está contento, se siente mejor que nunca. «Esto hay que celebrarlo. Bajaré al bar. Tomaré unas cervecitas».  

Al día siguiente, anuncian tormentas tropicales. Y a la tripulación de Jon le ha tocado test de alcoholemia.

—Comandante, ha sobrepasado la tasa permitida. No puede volar, tendrá que ser sustituido.

—No puede ser. ¡Que no se mueva nadie! Denme diez minutos y repitan el test, por favor. Ha sido el elixir bucal. Estoy seguro.

 Jon se va al lavabo. Mientras se enjuaga a conciencia ve su cara reflejada en el espejo. «Qué ojeras. Espero que esto se arregle así. Ha tenido que ser el elixir, las cervezas de anoche no creo». Luego regresa al área de control. Repite el test y sale limpio. «Menos mal. Si me pillan de verdad me cae un borrón en mi hoja de servicios. Precisamente ahora que todo empieza a pintarnos tan bien. Tengo que dejar de beber tanto. Desde ya, nada de gin-tonics».

—¿Todo bien, comandante? —pregunta Wela—. No te veo buena cara, ¿pasaste mala noche?

—Todo muy bien, Wela. Me siento estupendamente. Ya te contaré.

El pasaje embarca y el avión despega rumbo a Shanghai. Jon no se siente bien, le vuelven a zumbar los oídos. «No es nada, se me pasará». Le cede el control a Gao Cheng, su copiloto. Las turbulencias sacuden el avión. Están en medio de una tormenta. «No es nada, Gao Cheng podrá dominar la situación sin problemas, es ya un piloto experimentado».

El pasaje se inquieta.

 —Wela, haz todo lo posible por calmarlos. Y átate enseguida, te lo ordeno.

Las turbulencias siguen zarandeando el avión como si fuese un juguete.

—Confiemos en Jon. Él nos dijo que este avión es seguro —le dice Alyn a Andrew—, aunque no sé, porque él no es tan valiente como dice.

—Que Dios nos asista, estamos en manos de un tipo que bebe gin-tonics como si fuesen agua, y siempre bien cargados, Alyn.

Wela transmite la situación de emergencia, tratando de quitarle importancia:

—Por precaución, permanezcan en sus asientos hasta nuevo aviso y abróchense los cinturones. No se alarmen, todo está bajo control. Solo serán unos minutos. 

La indisposición de Jon empeora por momentos. A los zumbidos le ha seguido una sensación de vértigo angustioso, insoportable. Jon sigue indispuesto.

—Tenemos que salir de la tempestad. Intenta ganar altura —ordena Jon a Gao Cheng, haciendo un esfuerzo—. ¡Máxima potencia!

Un relámpago ciega a Gao Cheng. Está aterrado, rígido, aferrado a la palanca de control. El avión cabecea hacia arriba, superando los veinte grados de inclinación. Treinta, cincuenta, ochenta…

—¡¿Qué has hecho? ¡Nos vas a matar a todos, hijoputa! —grita Jon en un perfecto castellano.

Jon sabe que tiene que recuperar el control. La cabeza se le va, pero tiene que hacer algo y tiene que hacerlo ya. La aeronave ha perdido toda la sustentación y, si no se produce un milagro, caerá de cola irremediablemente en un viaje sin retorno. Lucha desesperadamente. Cierra los ojos y se arroja sobre Gao Cheng, así consigue que este suelte la palanca. Vuelve a su puesto, penosamente, e intenta hacerse con el aparato. Tiene que estabilizar la aeronave. Es preciso.

—Maite zaitut, Amaia, nahi dut! (1) —grita Jon—. Barkamena, Amaia, barka ezazu! (2)

(1) ¡Te quiero, Amaia, te amo!

(2) ¡Perdón, Amaia, perdóname!