Monasterio de Montserrat
¿Qué
nos está pasando?
Siempre
percibí Barcelona como una ciudad amable y encantadora, en la que nunca me
sentí un extraño, fuese cual fuese el motivo de mi viaje: algunas veces por
trabajo y otras por mero disfrute o atendiendo a relaciones familiares y de
amistad. He disfrutado de paseos por Las Ramblas y de la contemplación de la fantástica
arquitectura modernista de la ciudad, además de la grata conversación con su
gente, catalanes de pura cepa que llevan escritos en su DNI
apellidos tan sonados como Subirats o Doménech, por ejemplo, y llevan nombres
tales como Neus, Agustí, Eduard o Mercè, excelentes personas todas con las que
en alguna ocasión compartí mesa y mantel, abriéndoles así el lugar donde guardo
celosamente mis afectos. Durante años les felicité en Navidad y en el Año
Nuevo, también en sus cumpleaños. Siempre me contestaban y me devolvían con
creces mis buenos deseos. Eran relaciones que resistían y no se resquebrajaban,
a pesar del tiempo y la distancia, pero algunas de ellas de pronto se
interrumpieron sin motivo aparente. Fue a raíz de ese fenómeno político-sociológico
al que llamaron El Procés. Nunca he podido comprender qué pudo llevar a
esas personas a excluirme de su entorno, si nunca cuestioné sus sentimientos ni
ideales, si siempre fui respetuoso con sus opiniones y nunca traté de polemizar
con ellas, por lo que estoy convencido de que no ha habido un motivo personal
del que yo pueda ser responsable.
Por si alguien quisiese responder,
dejo una pregunta en el aire: ¿Qué fue, pues, lo que pasó?
Yo no lo sé, aunque sí puedo
suponer, en el sentido que este verbo tiene de establecer hipótesis, y
supondré, basándome en lo que han mostrado los partidos catalanistas, que estos
tienen, pese a quién pese y cueste lo que cueste, la firme e irrevocable
determinación de lograr la independencia de Cataluña. Objetivo que requerirá
para ser alcanzado de una firme actitud beligerante de una mayoría suficiente de
la ciudadanía catalana. Los estrategas de Junts y Esquerra son conscientes de
ello, estoy seguro, y supongo que habrán trabajado con tesón para influenciar
en el pensamiento colectivo catalán. Esto, en mi opinión, podría explicar qué
fue lo que pasó.
Pero no me quedaré ahí, tengo otra
pregunta que me inquieta: ¿Qué nos está pasando?
Pasa, y no supongo ni establezco
hipótesis, sino que afirmo, que, en esta democracia imperfecta (partitocracia),
los ciudadanos contamos menos que un cero a la izquierda. Para los dirigentes
políticos, sean del signo que sean, la ciudadanía solo es el granero de votos
del que sacar la cuota de legitimidad necesaria para conseguir el poder. Y con
ese fin no dudan en urdir fábulas con las que seducir a los votantes, mienten,
prometen lo que saben que no podrán cumplir, pactan con quién sea, aunque a
muchos de sus votantes les repugne, actitudes todas ellas comunes a todas las
formaciones políticas sin excepción. Esto es lo que hay, frase lacónica que
sirve de espita para que no explote la olla. Esperemos que resista, aunque sea
de milagro, porque la olla es España, un país que alberga al menos cuatro
naciones, entendidas tal y como las describe el diccionario de la RAE
en su 3ª acepción para la palabra nación: Conjunto de personas de un mismo
origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.